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Chincheta Autor Tema: Fundamentos cientificos del Ocultismo  (Leído 2142 veces)

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01/01/1970
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INTRODUCCIÓN

El trabajo que ustedes se aprestan a leer es la natural decantación de numerosos años de estudio e investigación pero, en especial, de reflexión. Pensamientos que nacieron no sólo de la libre asociación de conceptos extraídos de centenares de libros leídos sobre el tema, sino especialmente de la amalgama de los mismos con las experiencias y anécdotas por mí vividas, tanto en el ámbito de la enseñanza como en el de la investigación de campo. Y todo ello hilvanado a partir de la inflexible metodología intelectual que me he impuesto y que, cuanto menos en mí, se manifiesta en una revolucionaria concepción del Universo y la Realidad que así, escrita con mayúscula, trasciende la concepción que de la realidad cotidiana tenemos para transformarse en una lente multidimensional para comprender el Todo (el sentido esencial del Universo) en que estamos insertos.

Fundamentos cientificos del Ocultismo

Como suelo decir frecuentemente, resulta hasta intelectualmente chocante para una mayoría de contemporáneos que a principios de este siglo veintiuno alguien, en vez de buscar la acreditación científica o académica para sus actividades en el campo de la investigación (especialmente si ésta roza peligrosamente el limbo de lo paranormal) acepte nominalmente volcarse hacia el 0cultismo. Precisamente, estas páginas constituyen, si cabe, un alegato de autojustificación lo que, ciertamente, no deja de ser un expreso reconocimiento de humana debilidad por parte del autor, puesto que si hay algo que se supone no debe interesar en lo más mínimo a un ocultista es lo que otros puedan pensar de él.

Pero, en fin. Este es el tenor de los tiempos, la incierta oportunidad de haber nacido a caballo de la transición entre la Era de Piscis a la de Acuario.

Por otra parte, es absolutamente cierto que esto de dejar tranquila nuestra conciencia a partir del momento en que gozamos del crédito universitario es apenas un modismo de la época: en efecto, en otros tiempos, muy distintos eran los referentes de credibilidad a que acudía el ser humano.

Así, por ejemplo, en el Medioevo los intelectuales temblaban ante la sola idea de no contar con el respaldo eclesiástico. En otros momentos históricos (en nuestro propio país, décadas atrás) lo importante era la opinión favorable que de lo que uno hacía tuvieran los políticos. O los militares.

En última instancia, decir que hoy en día lo “importante” es que los científicos respalden lo que hacemos sólo refleja la moda intelectual de la época: a veces me pregunto qué será importante, cuál será realmente la referencia válida intelectualmente hablando para nuestros descendientes de los próximos quinientos años. Y me respondo: algo muy parecido a ese entronque entre misticismo, lógica y estética que hoy denominamos Ocultismo, pues eso (y no otra cualquier burda definición de diccionario) es la filosofía que nos ocupa.

Comencemos por aclarar que existe una contradicción –otra más– implícita en el título de este libro: un verdadero ocultista sabe que es una perogrullada buscar fundamentos científicos en el Ocultismo porque, precisamente, es la Ciencia la que se fundamenta en éste. Y lo dicho, que puede sonar a herejía, es sin embargo una verdad histórica: el método científico como tal, en tanto es una metodología aplicada analíticamente al conocimiento de un tema determinado, y en cuanto parte de tres axiomas o premisas básicas, es una exigencia intelectual de los antiguos sabios ocultistas.

En efecto: esos axiomas fueron exigidos por los antiguos hierofantes para el conocimiento racional del Universo, a saber    :(    a) verificabilidad (que una afirmación pueda ser cotejada por cualquier observador objetivo); (b) repetibilidad (que aplicando un mismo método se obtengan idénticos resultados) y (c) uniformidad de criterios. Pues ciertamente, ¿qué es el Ocultismo, sino el conocimiento racional de las cosas más la percepción mística e iluminista o, si se quiere, intuitiva, más el orden y la armonía (estética) entre ellas?. El experimentador ocultista proponía un ensayo, una receta, una metodología, y afirmaba que si ésta se respetaba (en elementos, circunstancias, etc.) se obtenía invariablemente los mismos resultados: y esto es científico.

Lo científico (que en nuestra época equivale a decir lo respetable) no pasa por las herramientas de trabajo, por el uso de sofisticada tecnología (por lo que el diccionario entiende por “sofisticado”), por el título académico o por el guardapolvo blanco: lo científico, lo serio, lo metodológico estriba en la actitud intelectual. No interesa si nos valemos de contadores Geiger, electroencefalógrafos o, en su defecto, de velas, sahumerios o símbolos. Un tema no es “científico” por sí mismo sino por las exigencias metodológicas que satisface. La absurdidad campea también en las academias, cuando se flexibiliza en exceso la rigurosidad de una investigación, nos autocensuramos de evaluar una hipótesis alternativa o se priorizan las luchas internas o el “lobby” político institucional sólo en aras de asegurar la rápida publicación de unos resultados, acceder a una beca o sostener la respetabilidad adquirida.

Los ocultistas, en cambio, sostenían que además del trabajo de laboratorio es necesario el crecimiento interior, espiritual, del experimentador, porque sólo del resumen de ambas concepciones surge una visión holística del Universo. Así, el Ocultismo enseña que hay tres maneras de comprender la Realidad: racionalmente (la ciencia), esencialmente (la mística) y estéticamente (el arte). Cuando un maestro de obras gótico dirigía la construcción de una catedral, como en el caso de Notre Dame o Chartres, esto no sólo buscaba la perfección edilicia (técnica) para un fin (religioso) sino también debía expresar artísticamente su objetivo.

Pero la esquizofrenia social del sistema nos llevó a una compartimentización, a especializarnos en exceso; hoy se sabe cada vez más de cada vez menos, perdiendo de vista esa contemplación totalizadora que preconiza el Esoterismo. Palabra, después de todo, que proviene del griego “eisoteo” (“abrir una puerta”) indicando que la búsqueda de Dios está hacia adentro de cada uno de nosotros. De allí que la moderna ciencia deba sus créditos a los primeros preceptos intelectuales de las Ciencias Ocultas. No olviden ustedes que la Filosofía, madre epistemológica de todas las ciencias, esa Filosofía que hoy estudiamos en las universidades, parte de planteos elaborados por sabios muertos centenares o miles de años atrás.

Cada rama del Ocultismo antecede y engloba a las ciencias contemporáneas: la Astrología es más abarcativa que la Astronomía, no solamente por ser históricamente anterior, sino porque mientras ésta última estudia las relaciones físicas entre los cuerpos celestes, aquélla estudia esas relaciones físicas más el todo energético, el todo astral, que las involucra, además de las interacciones de esos distintos planos entre sí y su efecto macrocósmico sobre lo microcósmico, el hombre. La Alquimia se encuentra en igual relación con la moderna Química, pues mientras ésta investiga las relaciones físicas y químicas entre los elementos orgánicos o inorgánicos, la alquimia trabajaba en el mismo terreno además de su relación con las transmutaciones psíquicas y espirituales del operador. La moderna Matemática nace en la matemática pitagórica, pues mientras en la escuela, el colegio y la universidad se nos enseñan las relaciones entre esos entes abstractos llamados números y solamente ellas, Pitágoras estudiaba dichas relaciones así como las de las mismas con los planetas, colores, notas musicales, partes del cuerpo humano... porque en última instancia el Ocultismo busca el conocimiento de lo particular para aprender (¿o debería escribir “aprehender?”) la esencia de lo general, lo trascendente. En síntesis, el Todo.

Tengo además otra razón de peso para justificar a este trabajo: el brindar una óptica quizás polémica pero no menos realista a la actividad parapsicológica. En efecto, en todo el mundo es evidente el esfuerzo que hacen los parapsicólogos profesionales –especialmente aquellos de profunda inserción mediática– por rotular a sus actividades de “científicas”, poniendo el grito en el cielo cada vez que se les atribuye connotaciones esotéricas. Soy un convencido, como parapsicólogo, que nuestra disciplina no es más que el aggiornamiento contemporáneo de contenidos y herramientas típicamente ocultistas, ya sea este ocultismo de Oriente u Occidente. Y como creo que nada malo hay en eso, intento depurar de nuestras filas la suspicacia y vergüenza que la ignorancia puede generar alrededor de la filosofía esotérica y sus prácticas.

Pero como estamos dominados por el pensamiento tecnocrático, seguimos pensando que el valor de las cosas radica en la “razón científica” que sea, o no, encontrada. Por ese motivo es que escribí este libro.

PRIMEROS EJEMPLOS
 Sólo a los efectos de demostrar que nuestros antepasados no eran tan ingenuos y supersticiosos en la búsqueda del saber como habitualmente se piensa, es oportuno repasar algunas anécdotas que nos reservó la Historia.

En los libros sagrados hindúes, especialmente en los “Vedas”, se describe una “medicina” efectiva para tratar la viruela o “peste” como allí se la menciona: el paciente enfermo de la misma debe frotar su cuerpo desnudo contra el de un animal, preferiblemente vaca o caballo, que hubiese sufrido ésta y sobrevivido. Los antropólogos e historiadores dicen que esto es un exponente del “pensamiento mágico” de los antiguos hindúes, que así creían transferir la enfermedad al animal por un proceso de magia simpática. Empero, las evidencias arqueológicas señalan que muchos enfermos de viruela, tratados así, sobrevivían. Hoy sabemos que el método tenía fundamentos: el animal enfermo y sobreviviente lo era a expensas de generar anticuerpos, leucocitos blancos que se depositaban en pústulas sobre su cuerpo. Al frotarlo, el paciente reventaba esas pústulas y los anticuerpos, por distintos conductos, especialmente ósmosis capilar, ingresaban al torrente sanguíneo del enfermo, que así se “vacunaba”. Y la expresión no es ociosa, pues precisamente ése es el mecanismo de nuestras modernas vacunas, llamadas así, además, porque se preparan a partir del suero obtenido por la inoculación progresiva del virus en vacunos.

Otro ejemplo. Durante las guerras entre árabes y cristianos, algunos siglos atrás, se empleaba un sangriento método para templar las armas. En la fragua, el hierro al rojo vivo era introducido en el cuerpo de prisioneros cristianos para enfriarlo con su sangre, matándolos en ese acto. Otra vez los historiadores ortodoxos nos “explican” que de esta manera los musulmanes creían transmitir al metal las propiedades de virilidad, coraje y resistencia del enemigo. Pero lo cierto es que en los combates, por cada alfanje o alabarda mora que se quebraba, decenas de espadas españolas lo hacían. Durante los siglos dieciocho y diecinueve, el sistema empleado para templar el metal consistía en enfriarlo en grandes bateas donde previamente se habían hervido pieles de animales sin curtir. Hoy, la metalurgia emplea el proceso llamado de “nitrogenación del acero”, mediante el cual se insufla nitrógeno en el período de enfriamiento del metal, dándole así temple y durabilidad. Por cierto, es alto el contenido de nitrógeno en la sangre del infeliz en cuyo cuerpo se enfriaba el acero y este nitrógeno, evaporándose al disipar el calor, se incorporaba al metal. Método cruel, sí, pero científicamente justificable.

Durante miles de años, los textos esotéricos han descripto al mundo conformado por cuatro elementos básicos: agua, aire, tierra y fuego. Ciertamente, los antiguos no se referían al agua de beber, la tierra del jardín, el aire que respiramos o el fuego de la cocina al hablar de estos elementos, sino a cuatro categorías en las cuales esa tierra del jardín, el aire que respiramos y demás son sólo la expresión más grosera, más material, de un primer principio sutil llamado, por caso, “tierra”, que abarca, sí, ese elemento físico, pero también implica signos zodiacales, notas musicales, colores (el verde, sinónimo de seguridad y progreso), fecundidad... Al hablar de “agua”, en el mismo sentido, se habla de colores (azul), condiciones (adaptabilidad), etc. El “aire” implica como color al amarillo (no porque sea de este color, sino porque es el sustento visible de los rayos del Sol) y se le asigna la característica de “transitoriedad y mutabilidad”, o sea, “cambio”. El “fuego” además de corresponder, verbigracia, al signo de Leo, corresponde al color rojo, al concepto de “peligro”, y nos acercamos entonces a una conclusión fundamental: aunque no creamos en las leyes del Ocultismo estamos inexorablemente sujetos a ellas. Como con la gravedad, a la que puedo desconocer, pero si me asomo excesivamente al balcón de un quinto piso, me veré forzado a obedecerla.

¿Y porqué esa conclusión y todo este introito?. Porque noventa años atrás, alguien inventó, para seguridad y control del tránsito, el cotidiano semáforo. Seguramente, el o los inventores habrán tenido sus muy buenas razones para elegir sus colores característicos y adjudicarles un valor simbólico a los mismos... pero no pudieron escapar a esa ley universal que dice que al “rojo” se le asocia el concepto de “peligro”, al “amarillo” el “cambio” y al “verde” la “seguridad” o “avance”. Ciertamente, ustedes pueden reinventar el semáforo y otorgarle otros colores, o darle a los mismos otro sentido... pero sólo ahora, que conocen la ley, que toman conciencia de la misma, están en condiciones intelectuales de alterarla. Esta es otra condición del Ocultismo: sólo se cambia, o se evita, o se combate aquello que primero se conoce. Ya que de lo contrario, si desconocemos las opciones, ¿cómo ejecutar el libre albedrío?.

Y permítaseme aquí hacer una digresión. Dentro del Ocultismo, y cuando discutimos sobre “mancias” (técnicas adivinatorias) los escépticos comúnmente nos atacan con el argumento que tal creencia es “fuertemente determinista”, presupone un “futuro inexorable” y, en consecuencia, entrega al hombre “a la resignación de no luchar por su porvenir”. Pero el razonamiento correcto es exactamente al revés: como dije, sólo cuando soy conciente de un eventual futuro puedo elegir dar –o no- los pasos necesarios para cambiarlo. Si lo ignoro, después de todo, ¿cómo puedo estar seguro –más allá de la autojustificación- que lo que emprendo es porque “construyo” mi futuro (desde la ignorancia) en vez de, simplemente, obedecer las tendencias, ahora sí deterministas, a la que ese desconocimiento previo me ha sujeto?.

Veamos otro caso.

Desde hace también miles de años, las escuelas esotéricas enseñan que en el Universo todo lo positivo es masculino y todo lo negativo, femenino. No se enojen las damas lectoras: lo “positivo” o “negativo” no lo es en un sentido moral, sino en polaridad, como opuestos y complementarios. Pues bien, también enseñaban que lo positivo gira (en el Universo todo es cíclico y se mueve en curvas cerradas) de izquierda a derecha (dextrógiro) y lo negativo de derecha a izquierda (levógiro). Ahora: ¿observaron ustedes cómo se prenden un saco o chaqueta los hombres?. De izquierda a derecha. ¿Y las mujeres?. De derecha a izquierda. Por supuesto, el primer sastre que confeccionó un saco para el hombre y la primera modista que hizo lo propio con uno de mujer tuvieron seguramente sus razones, evidentemente no esotéricas, para imprimirle ese sentido... pero no pudieron escapar a esa ley cósmica que dice que lo masculino es dextrógiro y lo femenino, levógiro. Aquí también pueden ustedes introducir cualquier modificación y crear vestimentas con el sentido de ojales y botones alterados, pero sólo a partir de haber tomado consciencia de esta relación que señaláramos.

Otra perla.

Está difundida en Occidente la medicina homeopática que, aún resistida por la ciencia tradicionalmente alopática, sabemos que es efectiva en cuadros crónicos, actuando por máxima dilución de sus componentes, a un extremo en que la materia química desaparece del preparado. Es esta ausencia de restos químicos lo que ha hecho que la ciencia positivista rechazara la homeopatía, sosteniendo que si nada queda del principio activo químico, nada puede actuar sobre el sujeto y por lo tanto su aparente “curación” es sólo producto de la sugestión. Pero ante esto los médicos homeópatas se encogen de hombros. Prácticos, afirman que pese a todo “algo” debe quedar, para que siga siendo efectiva, como saben los veterinarios homeopáticos que tratando así a nuestras mascotas jamás se les ocurriría pensar que las mismas se “sugestionan”. Y seguramente, más de un homeópata se escandalizaría de saber que no hace más que aplicar viejos preceptos ocultistas que afirman que lo que sobrevive en el líquido o polvo suministrado es la impronta energética, la vibración del elemento químico preexistente. Exactamente, lo que un laboratorio oficial francés descubrió, en 1988, que ocurre con el medicamento homeopático. Por otra parte, la frase rectora del pensamiento de esta corriente médica, expresada como “lo semejante cura lo semejante”, ¿no es acaso la expresión misma de la magia simpática?. En consecuencia, si la homeopatía funciona (y vaya si lo hace), ¿porqué la Magia –entendida tal como la aplicación técnica de principios teóricos estudiados por el Ocultismo- no ha de hacerlo?

 Finalmente, remito al capítulo sobre “Leyes Universales” para comprender los fundamentos racionales operativos de los procedimientos esotéricos. Pero valga en tanto una reflexión, relacionada con aquello que señaláramos de las actitudes: en el fondo, la práctica del científico, del sacerdote o del ministro religioso así como la del brujo indígena tienen semióticas comunes. Si yo necesito lluvia, me puedo plantear tres opciones: siembro las nubes con alguna sustancia química, yoduro de plata, por ejemplo, o solicito una misa propiciatoria, o le pido al chamán que baile una danza de la lluvia. Ahora bien, ¿cómo categorizamos esto?. Para la mayoría de la gente, lo primero es ciencia, lo segundo religión y lo tercero brujería o superstición lisa y llana. Pero las diferencias son mucho más sutiles, y no pueden ser dilucidadas exclusivamente por la semántica. Para el chamán, su baile de la lluvia, ¿es estadísticamente menos efectivo que para el técnico el yoduro de plasta?. ¿Y qué ocurre con el sacerdote, que cuenta con buenos argumentos –cuando menos teológicos- para confiar en su misa?. Su experiencia y sus resultados hacen que su interpretación sea “científica”. Y si, como ocurre generalmente, el piloto del avión que siembra las nubes ignora por qué circunstancia emplea esa sustancia y no otra, ¿acaso su actitud es menos ingenua y crédula –es decir, “mágica”- que la del campesino que, sin saber porqué, pide ayuda al brujo, confiando en que sus procederes misteriosos hagan llover?. Y cuando el científico aprende en su templo –perdón, universidad- el procedimiento indicado para cada circunstancia y lo repite y aplica aún cuando observe situaciones en que no se cumple o evade conocer alternativas, ¿acaso esa actitud no es de aceptación mágica?.

¿Y dónde queda parada nuestra confianza en un mundo académicamente predecible cuando la experiencia, los hechos –lo único que no puede refutarse- nos enseñan que cuando el brujo danza llueve, cuando menos con la misma frecuencia que cuando el técnico rocía las nubes desde su avión?.

Los rituales ocultistas

Hasta aquí, he buscado hacer comprender ciertos enfoques esenciales del Ocultismo a mis lectores, enfoque que podríamos sintetizar en uno de los aspectos menos conocidos pero más interesantes de las sincronicidades simbólico-energéticas en que se fundamenta la actividad y efectividad técnica de lo que, genéricamente, se han denominado “rituales” y que significan, específicamente, el resabio sobreviviente de una antiquísima ciencia, seguramente perteneciente a una civilización desaparecida, ciencia ésta cuando menos que no recibiría esta denominación por operar con instrumentos meramente materiales o transformando la materia con la materia, sino que reconocería la existencia de planos más sutiles de vibración, concatenados e interactuantes con la fisicidad.

Sobre estos planos de manifestación de la Naturaleza actuarían los Antiguos, moldeando el Universo de acuerdo a sus deseos (cuando menos, la cotidianeidad de su universo), de una manera más eficiente, quizás, que la que llevó a nuestros actuales científicos a modificar nuestro mundo con las herramientas que el conocimiento académico, exotérico (que no “esotérico”) les ha brindado.

En última instancia, debemos ver que tras el ritual, con claridad yace un pensamiento mágico, sí, pero también una racionalidad operativa. Es posible que el aspirante contemporáneo a ocultista vea un sentido sobrenatural en las velas, pantáculos, fragancias, pero el hecho incontrastable es que tras cada uno de estos elementos se busca actuar sobre un específico plano de lo sensorial, aunque en este caso lo sensorio se remite tanto a lo físico como a lo psíquico.

Las velas nos hablan de la luz, la acción sobre la vista. Las fragancias nos remiten al olfato. Las oraciones o “mantrams” y letanías, al oído. Y la compleja pero precisa construcción pitagórica (es decir, filosófico-matemática) estimulan lo psíquico, lo espiritual, lo intelectual, lo intuitivo, pues hablan simbólicamente de la estrecha relación de ese Microcosmos que es el Hombre en función del Macrocosmos en que se halla inserto. Un Microcosmos que también estimula en el ritual su sensibilidad gustativa, pues nada del olfato es ajeno al gusto, y la táctil, por la voluptuosidad del contacto húmedo de la copa de cristal, el frío de la espada, la vara o, mejor, la punta de plata que impide la condensación de la luz astral, el roce de la túnica, el calor amigable del texto sagrado, el roce del aire contra nuestras manos al ejecutar los “mudras” o gestos de poder, enhebrando los cinco sentidos físicos, los parafísicos y la percepción intuitiva en una fiesta de sutiles sensaciones microcósmicas que abren el oído y el ojo a la trama oculta del Macrocosmos, pues sólo se escucha el susurro del propio espíritu cuando somos capaces de oír la caída del pétalo de una rosa entre una multitud...

Tal inserción es en sí misma un mecanismo de acción sobre ese medio, y los elementos que hacen a su correspondencia sincrónica las llaves que regulan el mismo. El operador, entonces, es un técnico de los planos sutiles, un sujeto que no responde a endebles motivaciones místicas exacerbadas por los miedos inconscientes del ser humano ante las circunstancias agresivas del medio, sino a precisos mecanismos cósmicos usufructuables en su beneficio.

LEYES UNIVERSALES DEL OCULTISMO

Como es lógico suponer, el Ocultismo, como ciencia primigenia, debe apoyar su metodología en la operatoria de leyes o principios comprobables (unánimamente por sus dos vías de conocimiento: el raciocinio y la iluminación) y de carácter axiomático para toda su fenomenología. Y si a estas leyes no las conociéramos, válido sería todo esfuerzo conducente a descubrirlas, ya que ninguna catedral del pensamiento, humano o divino, puede levantarse sin los pilares basales en que consisten tales fundamentos.

Afortunadamente, esas Leyes o Principios Fundamentales existen, y son siete –lo que, esotéricamente expresado, no podía ser de otra manera, por aquello d4e la sacralidad de este número- con la particularidad que debe observarse su accionar sobre el Todo físico o espiritual que nos interpenetra; en efecto, en tanto una ley física regula, de alguna manera, el comportamiento físico y energético, mecánico o vibratorio del Cosmos, una ley ocultista debe por fuerza ser más abarcativa, pues en tanto lo físico es apenas una de las facetas del Universo, una ley del calibre de las que vamos a tratar debe aplicarse en todo lo físico, sí, pero también en todo lo psíquico, todo lo astral, todo lo espiritual, en suma, el Todo. Veamos, entonces, de qué se tratan.

Ley del Mentalismo

Primera y fundamental. Se enuncia diciendo: “En el Todo, Todo es mental”. Pero no en el sentido de un subjetivismo kantiano dieciochesco, donde se sostenga que lo único “real”, objetivo, soy yo y que todo lo que me rodea es sólo producto de mi percepción y mi mente, seguramente subjetivo y posiblemente irreal. No. El mentalismo ocultista sostiene que todo lo que existe en el Universo es expresión cada vez más grosera, más material, más densa, de un Primer Principio extremadamente sutil y elevado, que podemos llamar Dios, Consciencia Cósmica, Brama, inmanente en el Cosmos, y que se manifiesta en la naturaleza en distintos planos de vibración cada vez más densa, ora como psiquis, ora como espíritu, ora como materia. Vale decir que las cosas del Cosmos no son de naturaleza distinta entre sí, sino que esa Esencia Universal adopta en ocasiones la característica de la energía, en otra circunstancia la de la materia, en una tercera la del pensamiento.

Para que esto sea más entendible, imaginemos un río. Un río que nace en una cascada, donde el agua fluye rápidamente y es cristalina, desplazándose luego por la llanura formando meandros, donde aquella se torna lenta y turbia para morir en un pantano, donde el agua está quieta y oscura. A primer golpe de vista, ustedes pueden dividir el río en tres partes bien diferenciadas: aquí el agua es cristalina, más allá turbia, finalmente negra. Pero, ¿ustedes podrían decir dónde termina un tipo de agua y comienza la otra?. No, porque en un punto cualquiera el agua es más rápida y transparente que unos metros río abajo, pero todavía más lenta y turbia que otro tanto río arriba... y así en progresión infinita. Es decir, la única diferencia es de grado, de densidad, pero no de naturaleza, y en un análisis pormenorizado todos los “sectores” del río son indistinguibles entre sí.

Lo mismo ocurre en el Cosmos. Todo es una sola cosa. Y, sugestivamente, la ciencia moderna viene a demostrar que las antiguas afirmaciones esotéricas eran ciertas. De Einstein para aquí, sabemos que materia y energía no son dos cosas distintas sino esencialmente los mismos elementos comunes manifestados de distinta forma. Tengo un pedazo de carbón y sé que es materia. Lo caliento y emite calor, es decir, energía. El calor no surge de la nada, ya que se genera a partir de los elementos constituitivos del carbón. Un poco de calor inicial (el fósforo) excita y libera los átomos que coherentemente estructurados formaban la materia y, a partir de esa excitación inicial, aquellos, cumpliendo la ley de entropía, se disipan en forma de calor. Materia y energía, energía y materia son sólo dos caras de la misma moneda, son sólo una. Un trozo de uranio con un peso atómico 238 chocando con otro de peso 235, genera fisión atómica. Una explosión. Energía.

Trescientos años atrás, los científicos creían que el Universo estaba poblado por distintos tipos de energías y de fuerzas. Que el calor nada tenía que ver con el magnetismo, ni éste con la electricidad, ni aquellos con la gravedad. Pero en el siglo XIX un físico inglés, Maxwell, descubrió que electricidad y magnetismo no son dos cosas distintas sino dos aspectos particulares de un mismo principio que él llamó electromagnetismo. Y esta reducción y unificación de fuerzas continuó al punto que con el advenimiento de este siglo los físicos sostenían que sólo cuatro eran las fuerzas que interactuaban en el Cosmos: el electromagnetismo, la gravedad, la interacción nuclear débil y la interacción nuclear fuerte (estas dos últimas responsables de las relaciones atómicas entre sí). Pero aparece nuevamente Einstein –cuándo no- y enuncia la teoría del campo unificado, tan maltratada por los escritores de ciencia ficción y tan poco comprendida por el público. Einstein teoriza que  gravedad y electromagnetismo no son dos fuerzas distintas, sino dos manifestaciones específicas y particulares de un principio vinculado a la deformación geométrica del espacio, que a veces se presenta como electromagnetismo y a veces como gravedad. Es decir, unifica (de allí el término) en una sola teoría de campo ambas fuerzas, con lo que las universales quedan reducidas a tres. Hasta que en 1985 un astrofísico inglés llamado Paul Davies afirma que aún estas tres fuerzas son sólo aspectos de una única universal, que él denomina Superfuerza.

Finalmente, las investigaciones parapsicológicas contemporáneas han demostrado que la mente es energía, en el sentido de fuerza. Actúa sobre la materia física (telekinesis), altera, como veremos más adelante, la emulsión química de una película fotográfica en condiciones ideales experimentales (“psicofotografía” o “escotofotografía”). Así que por simple carácter transitivo concluímos que, si todas las energías son sólo una (incluso el pensamiento), si todas las fuerzas son sólo una, y si materia y energía son la misma cosa (recordemos que la materia es energía organizada y la energía, materia desorganizada) ... ¿qué diferencia, qué distancia hay de la sutileza de la psiquis a la densidad de la materia sino únicamente diferencias de grado, de condensación?.

Para que esto sea más entendible, imaginemos una gigantesca olla repleta de polenta mal preparada. En algunos lugares, está grumosa; en otros, líquida. Más allá, tendrá una consistencia media. A golpe de vista, puede decirse que allá la materia es grumosa (sólida), aquí muy líquida y acullá intermedia, pero en definitiva todo es polenta. Así ocurre en el Universo.

En otro sentido, esto expresaban los antiguos ocultistas cuando enseñaban que el Cosmos se dividía en siete planos de distinta densidad, en donde las entidades –como el ser humano- vibran en algunos de esos planos, y ciertas energías inteligentes (los “haiöth-hakodesch”) en otros, tan reales y tangibles para sí mismos como nosotros los somos para nuestros congéneresw. Estos planos son, de mayor densidad a mayor sutilidad, “material”, “mental inferior”, “mental superior”, “astral”, “etéreo”, “búddhico” y “átmico”. Dios tiene consciencia átmica, y sus manifestaciones se desprenden “hacia abajo”, hacia la materialidad. El hombre existe en los planos material, mental inferior, mental superior, astral y etéreo. El animal, en el material, mental inferior, astral y etéreo. Los entes a los que ludiéramos, en el astral y mental superior, o astral y mental inferior (las larvas astrales que estudiáramos en un viejo trabajo sobre “Autodefensa Psíquica”), los hombres y mujeres elevados, además de los planos mencionados, en el búddhico, etcétera.

Esta categorización de la Naturaleza es asimismo afín con el principio khabbalístico de los sephirot. Un “sephira” (“sephirot” es plural), es una de las maneras que tiene Dios de manifestarse en la naturaleza (una “emanación”) y los diez niveles de manifestación (“Kether” o Espíritu, “Binah” o Sabiduría, “Chokmah” o Belleza, “Pechod” o Inteligencia, “Chesed”o Bondad, “Tipheret” o Equilibrio, “Hod” o Justicia, “Nitzach” o Valor, “Yesod” o Reflexión y “Malkuth” o Materia) señalan las diez virtudes que debe alcanzar el hombre si quiere entrar en comunión (común unión) con Dios, mediante uno de los treinta y dos “senderos” que comunican estos diez frutos del Arbol de la Vida, o Arbol de la Sabiduría, como también lo llamaban los esoteristas hebreos. Dios aparece como lo Supremo, Omnisciente, Omnipresente y Omnisapiente, llamado Ain Soph Aur (“La Corona Aurea”) y sus emanaciones van descendiendo hasta irradiar Malkuth, caracterización de lo material.

Por supuesto, un lector escéptico –si ha sobrevivido a la lectura de estas páginas hasta aquí- puede argumentar que esta disquisición, si se quiere filosóficamente aceptable, peca por un defecto: la indemostrabilidad de ciertos principios que aquí damos como ciertos, por ejemplo, la existencia del llamado “mundo astral”. En efecto, ¿qué evidencia podemos aducir nosotros, los ocultistas, de que lo “astral” existe?.  ¿Qué hablar de “cuerpos astrales” o sucedáneos es más que un gratuito ejercicio de la imaginación?. Puedo aportar seguramente referencias de índole vivencial, místicas o paranormales pero, para un observador exterior al tema y objetivo, ¿cómo le demostraremos científicamente –una vez más- la existencia de lo astral?.

Es más fácil de lo que parece.

En 1988, astrofísicos norteamericanos descubrieron un fenómeno cósmico extrañísimo: estudiando la rotación de los cuerpos de nuestra galaxia (ese conglomerado de estrellas, espeso en el centro y raleado en la periferia, en uno de cuyos barrios suburbanos se encuentra nuestro Sistema Solar y que sabemos rota a gran velocidad en conjunto alrededor de su centro), observaron que los sistemas ubicados casi en el centro de aquella demoran el mismo tiempo en completar una rotación que los ubicados cerca de la periferia, es decir, los que están más alejados. ¿Qué tiene esto de extraño?. Mucho. Por ejemplo, si ustedes, en una palangana llena de agua, arrojan un puñado de papelitos y luego con un dedo comienzan a hacer girar a gran velocidad el agua, van a observar que los papelitos próximos al centro se desplazan más rápidamente que los más alejados, pues al ser independientes unos de otros, sus velocidades varían por el mayor o menor tiempo que emplean para recorrer su trayecto circular. Es el caso de los planetas de nuestro sistema solar, donde la Tierra, por ejemplo, tarda un año en completar una órbita alrededor del Sol, mientras que Plutón, el más alejado, demora 288 años de los nuestros. Para que la periferia de un círculo o disco –que eso es la Galaxia- rote a la misma velocidad que su centro, se necesitaría que todo el conjunto fuese sólido; es lo que pasa con un disco compacto en un centro musical, donde el borde gira a la misma velocidad que el centro pues es una masa homogénea, compacta. El fenómeno deducido por los astrofísicos requeriría que todos los cuerpos de la galaxia se encontraran “pegados” entre sí por algún tipo de lazo material para que la velocidad de rotación nos acelere a algunos y la inercia retrase a otros. Pero los instrumentos científicos no detectan ningún tipo de materia, que necesariamente debe existir como aglutinante. Entonces, los astrónomos han creado la expresión “materia oscura” para definirla (pues es “oscura”, es decir, invisible a nuestros más sensibles aparatos) y referirse así a ese pegamento cósmico. Y yo pregunto: ¿qué diferencia hay, conceptualmente, entre esta “materia oscura”, una clase de materia que no es materia, que no se comporta como la misma, que forzosamente debe existir aunque no la detectemos, y la “materia astral” (excepto el cambio de nombres), si lo “astral” es, precisamente, una forma de la materia distinta a las cuatro que conocemos (sólido, líquido, gaseoso y plasma), e indetectable físicamente pero que ejerce sus efectos sensibles sobre el mundo material que vemos y sentimos?.

Ley de Correspondencia

Tres mil doscientos años antes de Cristo, según cuentan los antiguos relatos egipcios, finalizó el reinado de dioses y semidioses sobre la Tierra. En el valle del Alto Nilo un rey de pastores, Menes, ascendió en ese entonces al faraonato con el título de Menes I, El Tinita (por ser oriundo de la ciudad de Thinis).

Menes desarrolló, en su prolongado reinado, una vasta tarea de conquista y culturalización para sacar a su pueblo de la condición pastoril y agrícola que hasta entonces la caracterizaba. Hizo contratar especialistas en las más variadas disciplinas provenientes de los más alejados puntos del mundo conocido y, muy especialmente, agregó a su corte a un sabio caldeo, arquitecto, médico, astrónomo y –lógicamente para ese entonces- mago, conocido como Toth. Hasta avanzada su ancianidad, Toth se dedicó a volcar sus conocimientos en diversos libros, algunos perdidos para siempre, otros conservados fragmentariamente como el llamado “Libro de Toth”, compendio de Teurgia o Alta Magia Blanca del que sólo sobrevivieron a la primera de las siete destrucciones de la Biblioteca de Alejandría sus láminas ilustrativas, exactamente setenta y ocho, y que conformaron al paso del tiempo la baraja del Tarot o, en egipcio, “tarah ha’ Toth” (de donde por deformación proviene el vocablo “Tarot”) y la “Tábula Esmeragdina”, o “Tabla de Esmeralda”, una sucesión de aforismos que guardaban memoria del conocimiento filosófico de los contemporáneos de este Toth que, al morir, fue elevado a la categoría de dios –apoteosis común en esos tiempos- e, incluso, adoptado tardíamente por los griegos con el nombre de Hermes Trimegisto (“el tres veces grande”). Precisamente, lo de “filosofía hermética” proviene de su nombre helenizado.

El primer aforismo de la “Tabla de Esmeralda” expresaba el Principio de Correspondencia, que enseguida explicaremos, con estas palabras: “Es verdad, muy cierto y verdadero, que lo que es arriba es como lo que es abajo, y lo que es abajo es como lo que es arriba, para hacer el milagro de una sola gran cosa bajo el Sol”. En otros términos, la total identificación entre lo macrocósmicamente grande y lo microcósmicamente pequeño.

La estructura de un átomo es, microcósmicamente, como el Sistema Solar macrocósmico que lo contiene. La parte del todo refleja el Todo. Un ser humano es 70% agua y 30 % materia sólida y vive, casualmente, en un planeta que es 70 % agua y 30 % materia sólida. Además, su sangre tiene exactamente la misma proporción de sal que la del agua del planeta. El iris de una persona permite conocer el funcionamiento de todo su organismo porque, como siempre, la parte de un Todo refleja ese Todo. Una carta natal astrológica resume en su microcosmos, el macrocosmos de la vida y la personalidad del sujeto al que pertenece. Las líneas de mi mano reflejan mi personalidad y mi vida también, pues mi mano, como parte de un Todo integrado por mí y por mi devenir, refleja el Todo. Una persona carismática y de fuerte carácter concita a su alrededor a las personas de temperamento más débil, que imitan sus poses, su manera de ser y tratan de vivir en función de aquél, lo que llamaríamos una conducta heliocéntrica, donde hasta “la luz del Sol” (y recordemos que en Astrología el Sol significa la personalidad manifestada) es “reflejada” por quienes giren a su alrededor, actuando microcósmicamente como un sistema planetario lo hace macrocósmicamente.

En Matemáticas es conocida una curiosidad llamada serie de Fibonacci, planteada por el sabio homónimo, donde cada número resulta de la suma de los dos anteriores. Tal el caso de la secuencia 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 56, 90... etc. Pues bien, una figura que se repite en la naturaleza universal es la espiral de Fibonacci, donde cada una de las espiras (vueltas) se distancia de la anterior de acuerdo a esa progresión numérica. Esto es tan así, que lo encontramos desde en la espiral macrocósmica de una galaxia, hasta la microcósmica de un caracol e, incluso, si toman ustedes un repollo colorado y lo cortan transversalmente, comprobarán que no sólo su disposición es en espiral sino que respeta la serie de Fibonacci.

¿Un experimento práctico?. Supongamos que en casa alguien se lastima, se corta, pierde sangre en cualquier accidente hogareño. Tenga preparada una bolsita con sulfato de cobre (unas piedritas color verde azuladas que, entre otros usos, se emplean para clorificar piscinas de natación) y rápidamente diluyan en un vaso lleno de agua el mismo hasta el punto de saturación, es decir, cuando por más que sigan agregando sulfato de cobre éste no se diwulve más, o, por lo menos, cuatro o cinco cucharadas soperas colmadas. Entonces introduzcan en él un trocito de algodón sucio de la sangre del herido, dejándolo allí. Atención: no se trata de mojar la herida con la solución del sulfato, ya que (a) si bien observarían efectos cicatrizantes, aquí la acción sería comúnmente química –es el principio de las sulfamidas- y no esotérico, que es lo que tratamos de probar, y (b) el ardor subsiguiente en la herida haría que la víctima recordara el árbol genealógico del frustrado enfermero hasta la octava generación.

Observaremos entonces un hecho fascinante: sin ningún tipo de acción química en contacto con la herida, ésta cicatrizará varias veces más rápido de lo que haría cualquier compuesto medicinal aplicado directamente sobre aquella, actuando a distancia. Tan es así, que aunque se pongan centenares de kilómetros entre el herido y su “muestra testigo” sumergida en la dilución, seguirá actuando, y aún lo hará aunque el sujeto del experimento nada sepa del mismo o no crea en él, lo que invalida la hipótesis de la sugestión. Personalmente, además de haberlo empleado numerosas veces, cuento con el testimonio de un odontólogo especializado en cirugía maxilofacial y otro profesional de la salud, urólogo y cirujano, que desde hace años y por mi recomendación vienen empleándolo con éxito en sus intervenciones quirúrgicas. Es tanto como afirmar que la acción (química o energética, lo mismo da) sobre la muestra de sangre se copia, se duplica en el original del cual proviene porque, obviamente, la parte del todo (la muestra de sangre) refleja al Todo del cual fue obtenida.

Ley de Causalidad

En el Universo nada ocurre por azar, por casualidad. Cuando el ser humano no ve lógica o razón de ser en el devenir de una serie de circunstancias, sean éstos fenómenos físicos o problemáticas sociales o personales, atribuyendo su aparición a algún aspecto aleatorio, sólo está reconociendo con ello su ignorancia de principios más trascendentes y, por ello, quizás incognoscibles. En efecto, si existe una inteligencia divina, de la cual por emanaqción de la Ley de Mentalismo la humana es apenas una ínfima parte, aunque procedamos racionalmente (o quizás precisamente por ello), ¿es lícito esperar que ese corpúsculo pueda entender los designios de lo Trascendente, por más que sea parte necesaria de él?. Yo no sería un yo completo, por ejemplo, si me fuera amputado un dedo pero, ¿no resultaría ridículo esperar que mi dedo, por sí mismo (o las células que lo forman) pueda comprender qué soy yo, para qué y por qué lo uso para un determinado fin o las razones que me llevan a amputarlo?. O como dijera el poeta: “La casualidad es el pseudónimo de Dios cuando quiere permanecer anónimo”. Todo efecto, entonces, tiene su causa aunque ésta, hoy por hoy, nos sea incomprensible. Esto explica el estudio, en Parapsicología y Astrología, de lo que se denomina SPA, o Signos Precursores de Acontecimientos, el modo de “leer” los avatares de la vida para entender su postrer significado

Ley de Vibración

En el Universo todo esta vibrando, es decir, en permanente movimiento. Décadas atrás aún se discutía esta proposición. Se decía que un florero, por ejemplo, independientemente del movimiento relativo que le cabe por estar sobre un planeta que rota sobre sí mismo y se traslada en el espacio estaría, en términos absolutos, inmóvil. Hoy sabemos que sus átomos y moléculas, empero, están oscilando y no existiendo, en consecuencia, tal inmovilismo.

Esa esencia universal de la que habláramos en la Ley del Mentalismo, entonces, consiste en la sucesión de vibraciones de distinto grado, afines o inarmónicas entre sí, lo que establecería correspondencias de afinidad (“amor”) o rechazo (“odio” o “negatividad”) en las inteligencias portadoras. Más aún, un aspecto secundario de esta ley, que podríamos denominar “de ciclicidad” dice que todo se mueve circularmente en el Universo, y cíclicamente. Lo que hoy está en la cresta de la ola, mañana estará en la depresión de la misma. Todo retorna al lugar de origen (y, precisamente por eso, nuestro destino ineluctable es regresar al Todo). Los electrones orbitan, los planetas giran en órbitas elípticas y las energías y fuerzas operatorias desencadenadas en los rituales ocultistas vuelven al punto de partida (de allí la expresión “efecto boomerang” usada en Esoterismo para definir la consecuencia moral de nuestras acciones).

A propósito, ha proliferado en los últimos años la creencia, en ciertos ambientes herméticos, de que existirían ciertas técnicas de “efecto campana” para protegerse del efecto “boomerang”. Esto, que justificaría los deseos de quienes no quieren preocuparse por las consecuencias de ciertas acciones propias, ocultistas o no pero en todo caso ciertamente negativas o amorales, es a todas luces banal. Ya que siendo estas leyes universales, lo que es lo mismo que decir inspiradas por Dios, ¿acaso algún mortal puede ser tan pedante de suponer que cualquier técnica por él empleada puede operar por encima de los designios divinos?.

La Ley de Vibración en general y el Principio de Ciclicidad en particular justifican la presunción de lo que se conoce como “karma”, en sus dos aceptaciones: el “universal” (que se sucede de encarnación en encarnación) y el “mundano” (que acusa, dentro del término de nuestra propia vida, las consecuencias ulteriores de nuestras acciones anteriores).

Ley de Serialidad

Todos los eventos universales tienden a agruparse de acuerdo a su idéntica naturaleza. La gente, por ejemplo, espontáneamente tiende a aglutinarse según idiosincrasias comunes y... ¿acaso ustedes no advirtieron que cuando algo en sus vidas cotidianas les sale bien, parece tener una “seguidilla” de aciertos y, por el contrario, después de un contratiempo parecen aglutinarse, a veces por varios días, novedades igualmente contrariantes?. Dicho de otra manera, los eventos favorables se agrupan en conjuntos favorables, y viceversa.

Es en este contexto que se entiende con más precisión el sentido de disciplinas como el Tarot o la Astrología: tienden a orientar al ser humano hacia los conjuntos favorables o bien alejarlo de los desfavorables.

Ley de Polaridad

Todo existe en pares complementarios. Al frío se opone el calor, al arriba el abajo, a la luz la oscuridad, al bien, el mal. Pero ambos se necesitan mutuamente; si no existiera la sombra, la luz nos sería irreconocible como tal. Si no existiera el Mal, no habría nada meritorio en hacer el Bien. Si alguna vez no fuéramos infelices, ¿cómo sabríamos cuándo somos felices?. Es lo que expresa el símbolo del “pakua” chino, quizás más, y erróneamente, conocido con el nombre de “yin y yang”, ese círculo divido por una sinusoide, blanco de un lado y negro del otro y con sendos pequeños círculos de iguales colores pero invertidos en cada mitad. Fíjense ustedes, asimismo, el profundo conocimiento psicológico encerrado en esta figura, que aquí ilustramos para mayor comprensión de lo que vamos a explicar.

Según observara el gran psicólogo suizo Carl Gustav Jung, todo ser humano masculino, para realizarse y ser completo como tal, debe tener algunas leves características de las que habitualmente se atribuyen a la feminidad en su personalidad: ternura, compasión, etc., que conforman lo que Jung denominó el “ánima” del varón. Y lo contrario caracteriza a la mujer realizada, que a través de su “ánimus” expresa coraje, agresividad, etc. U hombre o una mujer sólo dominados por lo inherente a su sexo serían algo así como extremistas psicóticos, él un “duro” a lo Bogart sobreactuando y ella una pasiva histérica. Es decir, lo “yang” masculino necesita algo de “yin” femenino para ser perfecto (precisamente ese circulito en la ilustración que se llama “joven yin”) y el “yin” femenino, necesita algo de “yang” masculino para lo mismo (inherente simbólicamente en el “joven yang”). Síntesis estética, por otra parte, que exhibe este símbolo varias veces milenario. Entonces, polaridades opuestas, pero complementarias.

Ley de Sincrocinidad

Todo existe en pares, dijimos. Y cada evento, sea material, psíquico, espiritual, tiene su contrapartida. Es el caso de las partículas elementales, según apunta la física cuántica, que una vez estuvieron en contacto y a partir de lo cual mantienen una extraña “ligazón” por sobre el tiempo y el espacio. Jung llamó a esto “sincronicidad” y el físico Wolfang Pauli las llamó “coincidencias significativas”. Un acto telepático sería entonces una sincronicidad eventual simbólica entre dos o más psiquis. Un evento telekinético, por su parte, es un ente psicoide entre la imagen mental de un movimiento y el fenómeno mecánico que se efectiviza en un marco material. Los antiguos filósofos medioevales decían que no cae una aguja en el mundo de los hombres sin que tiemble una estrella, y los sacerdotes aztecas hablaban de que cada hombre tiene su “náhual”, una contraparte animal o vegetal, de manera tal que lo que le pase a uno le sucederá al otro. Muere un animal en el bosque y un hombre rueda víctima de un síncope. Se descompone una mujer, y un árbol cae vencido a los pies del leñador. El universo en que vivimos (otra vez: uni-verso) es una armonía de espíritus, una sinfonía etérea donde cada nota por sí sola parece carecer de valor, pero todas se necesitan –ensambladas entre sí mediante alguna Inteligencia- para que resuene la música.

Los propios sucesos que acompañaron la muerte de Jung son quizás la manifestación poéticamente más contundente de la propia Naturaleza para demostrar a los hombres la realidad inapelable de esta ley.

En los años postreros de su vida, el genial psicólogo se había retirado a su mansión solariega de Klüsnacht, donde de joven había plantado un roble a cuya atención dedicara tiempo preferencial. Bajo ese árbol se retiraba a meditar, fumando su pipa, o a repasar originales de sus últimas obras. Era, a todas luces, el “roble de Carl”. Ahora bien, en el preciso momento en que este gran hombre fallece de un ataque cardíaco, el 15 de junio de 1961 a las tres de la tarde, un rayo se desprende del tormentoso cielo suizo e impacta en el roble de Jung, matándolo. El rayo podría haber caído a cien kilómetros de distancia o en cualquier otro árbol, media hora antes o dos días después. Pero tuvo que ser en ese árbol en ese momento como para señalar con este acto teatral que, después de todo, Jung tenía razón y su enunciación de la Ley de Sincronicidad era un hecho.

Axiomas Secundarios

 Principio del Amor: El amor es la atracción de dos o más seres para unificarse, ley de armonía y por lo tanto de creación y conservación de la vida, es tanto como decir reconocimiento de la Unidad en todo. En los astros se manifiesta en forma de fuerza centrípeta, ya que todos los planetas se subordinan en unidad de su sistema planetario. En los minerales y cuerpos químicos se presenta como afinidad: en los animales como instintos, atracción sexual; en los vegetales como tropismos; en el hombre y la mujer como cariño y simpatía y en grados más elevados como verdadero amor espiritual, ya en forma de idealismo o de sacrificio.

Principio de Finalidad: La evolución tiene un sentido finalista, es decir, la consecución de un objetivo de índole trascendental y metafísica.

 Principio de Jerarquía: Todo ser o cosa está subordinado a todo aquello que es superior en grado evolutivo y tiene poder sobre todo aquello que le es inferior en la escala de la evolución. En el plano meramente humano de la biología social se falta frecuentemente a esta ley (y así nos va) dándose el caso de que en las sociedades humanas no rige en la escala evolutiva el verdaderamente superior (el más virtuoso, el más sabio) sino el que tiene más soluciones materiales, más astucia, más influencia o más fuerza. Esto desarmoniza la colectividad y degrada a los hombres verdaderamente dignos. Los hombres son iguales en esencia, poco iguales en potencia y totalmente desiguales en presencia.

Es cierto que de esta ley puede inferirse que el Ocultismo es un sistema de pensamiento elitista, casi aristocrático, y se estaría en lo correcto (después de todo, “aristocracia” no es el gobierno de los nobles sino, etimológicamente, “el gobierno de los mejores”). Pero lo que no comprenden quizás muchos que se vuelcan a estos temas, es que la superioridad del Ocultismo no significa más derechos sobre los demás (te menosprecio porque tengo el secreto, me debés obediencia, yo sé que es lo que te conviene, etc.) sino, en realidad, más obligaciones para con los demás. leyes podemos ser dignos de compasión por nuestras desgracias, mas a partir de nuestra “iniciación”, seremos los únicos responsables de los problemas que enfrentamos si no somos capaces de solucionarlos y, aún, trabajar para solucionar la ignorancia –no el problema en sí- de los demás. “Al que tiene hambre, no le des pescado, sino...”.

Principio de Armonía: La existencia de todos los seres exige una adecuada relación entre las partes y el todo, que se manifiesta por el máximo de libertad y rendimiento en la función de cada parte, juntamente con el máximo de ayuda mutua a favor del todo. Por lo que podríamos enunciar que la armonía, enfocada desde el punto de vista esotérico, es la capacidad de cada una de las partes de un conjunto de expresar su propia naturaleza de manera proporcional al grado de correspondencia con las otras partes antes del límite crítico del conjunto.

Principio de Adaptación: Todos los seres adaptan sus vidas al medio que los rodea para defenderse y para aprovecharlo en su beneficio. La Ley de Adaptación es recíproca: el medio ambiente es modificado por los seres vivos a quienes corresponde la iniciativa del cambio. El ser modifica al medio por su actividad voluntaria, aunque sin dejar de adaptarse a él para no perecer. Los perezosos y escépticos deberían meditar sobre este principio, ya que siempre están a la espera de circunstancias propicias para actuar, sin pensar en que las circunstancias deben crearlas ellos mismos.

 Principio de Selección: En la lucha que para adaptarse al medio mantienen los seres, prevalecen los más sanos, más fuertes, más inteligentes o más buenos.

fuente:esquinamagica.com

« Última modificación: 08/01/2009, 20:11 por ganimedes »

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